La justicia de caricatura que obliga a comprar croquetas para borra el dolor.
No se trata de exagerar, sino de comprender que en los actos más pequeños —como la decisión de un juez— se revela el alma completa de un sistema. Baileys no era sólo un perro; era una prueba. Y la reprobamos.
Política para Cigotos | Oswald Alonso. Hay momentos en los que la realidad es tan absurda que pareciera dictada por una pluma cruel y desencantada con la humanidad. En Cuernavaca, Morelos, un perro llamado Baileys —compañero, ser sintiente, callejero pero inocente— fue asesinado a golpes. Su crimen: estar vivo. Su juez: un ser humano. Su asesino: otro. Su justicia: cuatro bultos de alimento.
Aquí no se trata sólo de un perro muerto. Se trata de la pregunta brutal que debería estremecernos: ¿qué ha sucedido con nosotros que nos volvemos capaces de matar a un ser que no nos hace daño? Y más aún: ¿qué clase de justicia se atreve a creer que el asesinato de un ser vivo puede pagarse con croquetas?
No se trata de exagerar, sino de comprender que en los actos más pequeños —como la decisión de un juez— se revela el alma completa de un sistema. Baileys no era sólo un perro; era una prueba. Y la reprobamos.
La muerte de un animal por mano humana revela una grieta profunda en nuestra conciencia colectiva. Erich Fromm advertía que “la desobediencia puede ser el principio de la razón”, y quizá hoy, ante esta justicia obediente a códigos obsoletos, desobedecer emocionalmente sea lo único humano. Porque aceptar pasivamente esta “reparación del daño” —cuatro bultos de comida— es ser cómplice del vaciamiento moral de nuestras leyes.
Viktor Frankl, sobreviviente del horror nazi, neurólogo, psiquiatra y filósofo austríaco, fundador de la logoterapia, escribió: “la deshumanización comienza cuando dejamos de ver al otro como alguien que sufre.” ¿En qué lugar se encuentra una sociedad que ni siquiera puede reconocer el sufrimiento de un animal? Cuando matamos un perro por placer o por hartazgo, no sólo morimos un poco nosotros o todos, sino que queda al desnudo que esa violencia siempre va acompañada de otra, más grande, más callada: la impunidad.d.
Y entonces el sistema jurídico responde. Pero no como uno esperaría. No con una sanción ejemplar. No con una pedagogía del castigo. Responde como una caricatura de justicia: compra alimento, que con eso se borra el dolor. Esa justicia parece dictada por Kafka en una de sus pesadillas legales. Porque en México —y en Morelos— el Código Penal aún trata la crueldad animal como si fuera una travesura, una falta menor. La Ley de Bienestar Animal se recita con palabras nobles, pero se aplica con una indiferencia burocrática que ofende.
Quien mató a Baileys no fue solo un hombre: fue la sombra de un Estado que ha dejado de sentir. Y quien impuso esa ridícula sanción no fue solo un juez: fue la encarnación de una ley que aún no entiende lo que es la vida, ni la humana ni la no humana.
Este caso no es menor. Es un espejo. En el reflejo aparece un país que todavía no ha entendido que la justicia no es el arte de aplicar castigos, sino el deber de restaurar la dignidad.
Baileys ya no está. Pero su muerte, si sirve para algo, debe ser un grito que obligue a cambiar leyes, a educar a jueces, a recuperar nuestra humanidad. Porque si no somos capaces de indignarnos por la muerte de un inocente sin voz, ¿qué nos queda para cuando vengan por los que sí la tienen?
Y entonces, ¿cuánto vale una vida? Cuatro bultos. ¿Cuánto pesa nuestra humanidad? Apenas lo que cabe en un costal.




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