Reglas para nombrar al titular de la CDHEM: conocimiento, trayectoria y reputación
No sirve de nada colocar a alguien que jure defender derechos si en su historia ha sido indiferente ante las violaciones. No basta con hablar de género, si no ha acompañado a una sola mujer violentada.
Política para Cigotos | Oswald Alonso. En Morelos, el ritual institucional para designar al próximo titular de la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Morelos (CEDHM) parece repetirse como una vieja obra de teatro, donde el guion ya lo conoce el público, pero el final siempre decepciona. Entre aplausos políticos, simulaciones de consulta y candidaturas recicladas, se cierne la posibilidad de volver a fallar. Pero en esta coyuntura histórica —de polarización, impunidad estructural y violencia desbordada— no elegir bien sería una condena ética y jurídica para una entidad que aún puede –merece— ser el faro de lo justo en medio del naufragio institucional. Los diputados tienen una nueva oportunidad que los ciudadanos decearíamos no desaprovechen.
Es hora de despolitizar el cargo. No se trata de un clamor ingenuo. Se trata de una exigencia que emana del artículo primero constitucional: todas las autoridades tienen la obligación de promover, respetar, proteger y garantizar los derechos humanos. Y esa obligación incluye no manosear, no corromper y no secuestrar los órganos garantes.
El nuevo o la nueva titular de la CEDHM debe ser algo más que un buen ser humanos o una cara conocida en el activismo de ocasión. El perfil adecuado para los nuevos tiempos exige tres elementos innegociables: conocimiento profundo de la ley y del sistema de derechos humanos, nacional e internacional; trayectoria probada en la defensa de víctimas, no solo desde el escritorio o los foros, sino en las trincheras reales del agravio; y reputación sin grietas, a prueba de filtraciones, auditorías, señalamientos o simpatías políticas.
No sirve de nada colocar a alguien que jure defender derechos si en su historia ha sido indiferente ante las violaciones. No basta con hablar de género, si no ha acompañado a una sola mujer violentada. No ayuda que se enarbole la diversidad, si jamás ha emitido un amicus curiae o defendido la libertad de expresión de quien piensa distinto.
Los derechos humanos de hoy no son solo los del siglo XX: ya no basta con aludir a la tortura o la detención arbitraria. Hoy el defensor o defensora debe hablar con fluidez sobre derechos digitales, justicia climática, migración, interseccionalidad, derechos económicos, derecho al agua, a la ciudad, a la paz. No es un cargo ceremonial. Es una trinchera de fuego. Por eso, la persona que se elija debe ser tan incómoda para el poder como confiable para la víctima.
El Congreso de Morelos tiene la oportunidad —acaso la última— de reconciliar la institución con su pueblo. Si nombran a una ficha política, el costo no será solo reputacional: será ético, histórico y jurídico. La CEDHM no puede ser botín ni refugio para quienes perdieron una elección o buscan impunidad futura. Tiene que ser la casa de quienes no tienen casa, la voz de quienes no tienen voz, el escudo de quienes solo tienen miedo. Elegir con dignidad es ahora un acto de resistencia. Y una esperanza. ¿Será mucho pedir en estos nuevos tiempos políticos, tiempos que también tienen que ser de los sujetos de derechos?




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