Somos periodistas pero olvidamos lo importante
A propósito del Día Mundial del Medio Ambiente, no hace falta una celebración, sino una autocrítica. Dejamos de contar las historias que importan. Pero aún estamos a tiempo.
Política para Cigotos | Oswald Alonso. Cada 5 de junio, los medios de comunicación desempolvan su conciencia ecológica. Titulares con árboles pixelados, infografías de osos polares y promesas verdes inundan los portales durante 24 horas. Luego, el silencio. Al día siguiente, volvemos a las notas rojas, al circo electoral, a los tuits virales y a la frivolidad disfrazada de información urgente. Somos periodistas, pero a veces olvidamos que lo urgente no siempre es lo importante.
En medio de esta tormenta informativa, el medio ambiente sigue siendo la nota ausente. No porque falten historias —los incendios, las sequías, el colapso de ecosistemas, los pueblos que se quedan sin agua— sino porque como gremio hemos aprendido a mirar hacia otro lado. ¿Cuántas veces hemos desplazado una historia sobre la deforestación del sur mexicano para cubrir una disputa política sin trascendencia? ¿Cuántos reportajes ambientales hemos dejado en borrador por no ser “noticia dura”? La respuesta duele.
“El mayor peligro del cambio climático es que no lo vemos venir, no porque no esté frente a nosotros, sino porque hemos elegido mirar otra cosa”, advirtió Naomi Oreskes, historiadora de la ciencia. La ceguera periodística es voluntaria. El calentamiento global, la pérdida de biodiversidad, la contaminación del agua o la expansión del extractivismo minero no caben en la lógica de la inmediatez. No tienen rostro claro, ni enemigos sencillos. Son procesos complejos que requieren tiempo, contexto y profundidad. Es decir: periodismo en serio.
Mientras seguimos la rutina de las conferencias mañaneras, los ejércitos del cambio climático avanzan en silencio: el ejército de los glaciares que se desangran, el de las especies que desaparecen sin titulares, el de los niños que respiran aire contaminado. Cada día que dejamos de contar estas historias, contribuimos a una derrota que aún no asumimos: la del periodismo que se quiso irrelevante.
No es exageración decir que el medio ambiente es una cuestión de seguridad nacional. “Las tensiones derivadas de los desastres climáticos serán el gran conflicto del siglo XXI”, escribió el climatólogo Johan Rockström. Lo que hoy es sequía, mañana será desplazamiento forzado. Lo que hoy es pérdida de suelo agrícola, mañana será escasez alimentaria. Lo que hoy es tala ilegal, mañana será crimen organizado disputando territorios con armas y fuego. Y sin embargo, ¿cuántos periodistas abordamos esta conexión?
Fallamos. No por ignorancia, sino por distracción. En un país donde se asesina a periodistas por investigar el poder, informar sobre el clima parece una labor menor. Pero es, quizás, una de las batallas más urgentes. Porque defender la tierra, el agua, el aire, es también defender a las comunidades que los habitan. No se puede cubrir la violencia sin cubrir la devastación ambiental que la antecede.
“Estamos ante el colapso del mundo tal como lo conocemos”, advirtió James Lovelock, el padre de la hipótesis Gaia. Pero nosotros, los periodistas, seguimos preguntando por encuestas y chismes de campaña, como si el colapso esperara turno en la agenda.
A propósito del Día Mundial del Medio Ambiente, no hace falta una celebración, sino una autocrítica. Dejamos de contar las historias que importan. Pero aún estamos a tiempo. Si el periodismo quiere tener futuro, debe empezar por volver a mirar el suelo que pisa. Quizás entonces, por fin, escuchemos lo que la tierra ha estado gritando desde hace tiempo.




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