Friday, January 2, 2026
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La encuesta como comedia romántica de la democracia mexicana

Vivimos tiempos donde el amor a los gobernantes ya no se mide en plazas llenas, en grandes obras de inicio a final de sus mandatos, no, sino en barras de colores.

By Oswald Alonso Navarro , in Opinión , at 19 de junio de 2025 Etiquetas: , , ,

Política para Cigotos | Oswald Alonso. En algún rincón de México, podría ser Morelos,  un asesor electoral mete su dedito en el viento político y, con la seriedad de un astrólogo con laptop, declara en lo privado: “La gobernadora tiene 64.6% de aprobación. La aman más que al bolillo popular en la convalecencia” y ordena su divulgación masiva. Y así, con una sonrisa de PowerPoint y una tabla en Excel adornada con colores pastel, el o la  política en turno se erige como una figura de adoración estadística. La encuesta ha hablado. Y todos los demás, por lo visto, deben callar.

Vivimos tiempos donde el amor a los gobernantes ya no se mide en plazas llenas, en grandes obras de inicio a final de sus mandatos, no, sino en barras de colores. Las encuestadoras, esas modernas pitonisas del marketing político-electoral, afirman saber lo que pensamos los ciudadanos antes de que siquiera lo pensemos.

¿Que el alcalde o la gobernadora tiene más aprobación que el mismo Luis Miguel en los noventa? Lo dicen los números. ¿Que la gobernadora es más querida que la Virgen de Guadalupe en su día? Lo validó un muestreo telefónico con margen de error de 3.5 puntos, confiabilidad del 95% y un patrocinador del 100%.

La duda, esa vieja hereje de la democracia, se asoma tímida: ¿debemos desconfiar de la metodología o del mensaje con moño que preparan los asesores? Porque, seamos honestos, a veces la muestra es más pequeña que el presupuesto de un municipio indígena, y otras veces se interpreta con más malicia que una ex revisando tu última conexión en el wifi.

Los asesores, esos poetas de la imagen pública, tienen el talento de convertir una encuesta como la que convertiría un plátano podrido en mousse de alta repostería. Ellos no interpretan: ellos maquillan. Un 37% de aprobación puede convertirse en “el más sólido entre los aspirantes”, y un 12% puede ser “quien más creció en el último mes”, aunque haya sido del 11%, dicen.

La metodología, por su parte, a veces es tan ambigua como una promesa de campaña: “encuestamos a 1,200 personas representativas del universo poblacional del estado…” pero no te dicen si fue en una colonia fifí, una taquería de madrugada, o durante el rosario. Y, claro, mientras más opaca la metodología, más brillante el resultado para el cliente que paga.

Entonces, la pregunta no es si las encuestas mienten. La pregunta es: ¿quién las seduce, quién las manipula, quién las viste de gala para la rueda de prensa o la fistración a periodistas que están listos para publicarlas previo acuerdo económico? Porque en el fondo, las encuestas no son culpables. Son como los peluches parlantes: repiten lo que les programan.

Así, el México encuestado se parece a una comedia romántica donde el protagonista se ama más a sí mismo que a su electorado. Y mientras los asesores pagan y celebran los resultados en una sala de war room con botana y tequila, y quizá un churro de mota, allá afuera, en el mundo real, una señora en el mercado dice lo que ninguna encuesta se atreve a publicar:

—A mí que no me jodan. Esas doñas no han hecho nada, pero bien que dice que las queremos.

Y en esa frase, la otra doña derriba toda la ciencia estadística con la precisión de un bisturí popular. Porque al final, entre la encuesta y la calle, el amor verdadero no se mide en porcentajes, sino en obras, en justicia, y en tortillas calientes. Y en eso, todavía hay mucho por preguntar,  serán más las dudas que nos responderán.

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