Luciérnaga: la luz natural del mundo que estamos matando.
Sara Lewis sobre las luciernagas: “Son emisarias de la noche. Cuando desaparecen, perdemos no solo una especie, sino un modo de comunicarnos con el misterio”.
En las noches húmedas del verano, cuando la lluvia ha dejado su aliento en las hojas y la tierra aún huele a vida —me hace recordar el San Pedro Limón de mis abuelos—, algo debería encenderse en el corazón de los bosques: las luciérnagas. Esas pequeñas arquitectas de la luz, capaces de trazar un poema en el aire con cada destello, ya no abundan como antes. Su presencia, antes cotidiana y mágica, se ha transformado en un espectáculo ecoturístico, limitado, vigilado, convertido en postal y no en milagro.
La luciérnaga —esa palabra que brilla por sí sola— es mucho más que un insecto: es símbolo, es testimonio de un equilibrio roto, de un mundo que olvida los detalles que una vez lo hacían hermoso. “Las luciérnagas son un lenguaje luminoso de la evolución”, afirma Sara Lewis, bióloga del comportamiento y autora de Silent Sparks, The Wondrous World of Fireflies. “Son emisarias de la noche. Cuando desaparecen, perdemos no solo una especie, sino un modo de comunicarnos con el misterio”.
Y es cierto: las luciérnagas no solo brillan, conversan con luz. Su luminiscencia es un sistema complejo de cortejo, aviso y defensa. Una danza química entre luciferina, invisible para muchos pero comprendida por quienes aún se detienen a mirar. En tiempos de oscuridad, ellas no solo brillan: nos recuerdan que hay formas de existir sin hacer ruido, sin invadir, sin destruir.
La poeta mexicana María Baranda escribió: “Una luciérnaga fue mi lámpara: me condujo hasta el centro del bosque donde habita el corazón del mundo”.
Y ese corazón, hoy, late más débil. Las causas son tan humanas como previsibles: contaminación lumínica, uso de pesticidas, urbanización, deforestación. Cada lámpara de sodio que invade un pueblo es una estrella menos en la danza de las luciérnagas. Tuomas Aivelo, ecólogo finlandés, lo ha dicho con crudeza: “Las luciérnagas no están desapareciendo por razones misteriosas. Están siendo apagadas por el progreso”.
Pero aún hay esperanza. Hay comunidades en Tlaxcala, en Veracruz, en Japón, que protegen sus bosques como si custodiaran el alma de la noche. Hay niños que ven por primera vez una luciérnaga y no preguntan “¿qué es eso?”, sino “¿por qué no hay más?”. Hay científicos que insisten en estudiar su comportamiento no solo para conservarlas, sino para comprendernos mejor.
Las luciérnagas son también una pregunta. Una interrogación brillante que flota sobre nuestras cabezas cada vez que oscurece. ¿Podremos devolverle al mundo esa forma antigua de asombro? ¿Podremos vivir en una noche verdaderamente oscura, sin ser ciegos?
Quizá salvar a las luciérnagas no sea solo un acto de ciencia en biodiversidad y conservación, sino de poesía. Una forma clara de recordar que todavía hay cosas pequeñas, frágiles, silenciosas, capaces de iluminarlo todo.
Como dijo Pablo Neruda en su Oda a la luz encantada: “…luciérnaga mínima estrella, / breve chispa, / qué gran lección de fuego me entregaste.”




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