El guardian de las barrancas en la Eterna Primavera
El científico de la UAEM, cambió los laboratorios estériles por las veredas húmedas, los salones por las comunidades, y los libros por el diálogo con la tierra y quien las habita.
Cuernavaca, Mor.- Por años, las barrancas de Cuernavaca han sido vistas como heridas abiertas de la piel en la ciudad: grietas sombrías por donde se escurren el abandono, la basura y la desmemoria. Pero para Víctor Hugo Flores Armillas, biólogo e investigador de la universidad estatal (UAEM), esas cañadas no son desechos urbanos, sino venas vivas, ecosistemas rebeldes que aún respiran entre el concreto del valle que llegamos a ocupar. Las camina, las estudia, las defiende. Las quiere.
Desde que colgó su diploma de biólogo, Víctor Hugo cambió los laboratorios estériles por las veredas húmedas, los salones por las comunidades, y los libros por el diálogo con la tierra y quien las habita. Es técnico académico en el Centro de Investigaciones Biológicas de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, pero su aula más auténtica está en las laderas, entre el canto lejano de los grillos y el rumor del agua y los ciudadanos que lleva para que constaten lo magestuoso de las barrancas de la Eterna Primavera.
El pasado 5 de junio, en el Día Mundial del Medio Ambiente, el Congreso del Estado de Morelos reconoció su labor otorgándole el Reconocimiento al Mérito Ambiental 2025 en la categoría de Cultura y Comunicación Ambiental. No por una moda verde, sino por una vida de coherencia silenciosa, persistente.
“Llevamos años buscando nuevas formas de entender las barrancas”, dice con voz tranquila, como quien ha conversado largamente con la naturaleza. Y enumera sin jactancia: estudios de flora y fauna, educación ambiental, baños secos, proyectos de saneamiento escolar, diagnósticos participativos en comunidades… Un rompecabezas de acciones que, pieza a pieza, va reconstruyendo la dignidad de estos espacios llenos de biodiversidad que no se ven pero ahí están.
Pero Flores Armillas no idealiza. Sabe que las barrancas no son iguales, que no se puede generalizar su estado ni su destino. Cada una tiene su geografía, su flora y fauna, y su herida. Las rurales, las que aún susurran al bosque, y las urbanas, que resisten entre muros y desagües. Incluso dentro de estas últimas, dice, la conservación puede variar dramáticamente de un kilómetro al siguiente.
“Nadie tiene la verdad absoluta sobre las barrancas”, advierte. Lo dice sin dogma, como una invitación. Porque para él, el conocimiento no es un monólogo académico, sino un ejercicio de escucha colectiva. Por eso apuesta por la participación ciudadana: sin ella, los esfuerzos son gotas en un mar de indiferencia institucional.
Su mirada está en el futuro, pero con raíces profundas en la tierra. Víctor Hugo proyecta nuevas acciones con la sociedad civil: celebrar el Día de los Ríos y las Barrancas como un ritual público, crear un podcast que lleve susurros del agua a los oídos digitales, levantar un sitio web donde cada dato sea una semilla de conciencia, y lanzar —por segunda vez— un concurso de cuentos, porque también se salva lo que se narra.
“Este premio no es sólo mío”, dice al final, bajando la voz como quien honra a los ausentes. Es también de sus colegas, de los pioneros que creyeron en estas cicatrices verdes como parte esencial del alma de Cuernavaca. Ahora, esas barrancas olvidadas comienzan a ser vistas con otros ojos. Tal vez, algún día, la ciudad les pida perdón.
Y entonces, Víctor Hugo, el guardián de las barrancas, podrá caminar tranquilo entre ellas sabiendo que, por fin, dejaron de ser heridas… y volvieron a ser raíces. (texto de Oswald Alonso)




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