La falsa austeridad de Noroña y Andy
El problema no es la riqueza, sino la incoherencia. Como advertía Sócrates, “la vida no examinada no merece ser vivida”. El examen político consiste en alinear el decir con el hacer.
Política para Cigotos | Oswald Alonso. En la política mexicana, la “austeridad republicana” fue presentada como la virtud cardinal de la Cuarta Transformación: vivir con sobriedad, rechazar lujos y desterrar la frivolidad del poder. Pero en su práctica, este ideal parece quebrarse al contacto con la realidad. Gerardo Fernández Noroña, senador de izquierda, defensor implacable de esa bandera, exhibe ahora una contradicción: compra a crédito una casa en Tepoztlán con valor de 12 millones de pesos, en las faldas del valle sagrado, y circula en automóviles de lujo marca Volvo. Cuando se le cuestiona, responde que no está obligado a la austeridad y que, tras haber vivido en pobreza, tiene derecho a disfrutar de lo que posee porque puede pagarlo con su sueldo de senador y de youtuber.
El problema no es la riqueza, sino la incoherencia. Como advertía Sócrates, “la vida no examinada no merece ser vivida”. El examen político consiste en alinear el decir con el hacer. En cambio, Noroña convierte su biografía en excusa: del sufrimiento pasado por su pobreza vivida deriva un privilegio presente. Una dialéctica torcida que recuerda a Nietzsche, cuando prevenía que “quien con monstruos lucha debe cuidarse de no convertirse en uno”. La austeridad dejó de ser virtud compartida para volverse indulgencia personal.
Lo mismo ocurre con Andy López Beltrán, hijo del ex presidente, señalado en reportajes por su cercanía con empresarios, viajes caros y tratos políticos que contrastan con la narrativa de un padre que ha repetido incansablemente: “no somos iguales”. Andy representa la paradoja de la herencia moral: mientras su padre predica la sobriedad, él encarna el ascenso silencioso de una nueva élite de lujos. Lo privado se convierte en sombra que contradice el discurso público.
La austeridad, entendida en sentido clásico, no es pobreza sino mesura. Aristóteles la ubicaba en el terreno de la templanza: el punto medio entre la carencia y el derroche. Pero tanto en Noroña como en Andy vemos lo contrario: un uso político de la austeridad como espectáculo, no como convicción. Bauman advertía que vivimos en tiempos líquidos, donde los valores se deshacen a la medida de la conveniencia. Aquí la austeridad se diluye: se exige al pueblo y a otros políticos como deber, pero se relativiza en los pasillos del poder de la 4T.
Al final, la incongruencia no erosiona solo a quienes la practican, sino a todo un proyecto político. Porque, como escribió Camus, “nombramos con bellos nombres lo que queremos justificar”. Y así, la austeridad republicana corre el riesgo de convertirse en una ficción más: un relato cómodo para legitimar el poder, mientras en la vida privada florece aquello mismo que prometió erradicar pero que ahora en la nueva clase política morena se reproduce en otros casos como el del ex gobernador de Morelos Cuauhtémoc Blanco, quien se negó a transparentar sus bienes materiales mientras fue edil y gobernador. Casos existen muchos que poco a poco se visibilizaran.




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