Friday, January 2, 2026
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El TSJ de Morelos: como en la corte medieval

Política para Cigotos | Oswald Alonso. Como si se tratara de una corte medieval —con todo y sus intrigas palaciegas—, dos grupos de magistrados han convertido al máximo órgano judicial del estado en un campo de batalla.

By Oswald Alonso Navarro , in Opinión , at 23 de mayo de 2025 Etiquetas: ,

En los pasillos del Tribunal Superior de Justicia del Estado de Morelos ya no se oye el eco solemne de la ley, sino el rumor constante de la intriga. Como si se tratara de una corte medieval —con todo y sus intrigas palaciegas—, dos grupos de magistrados han convertido al máximo órgano judicial del estado en un campo de batalla. Lo que se libra ahí no es una disputa jurídica, sino una guerra política. Una lucha por el poder que erosiona el principio de imparcialidad y amenaza con desfondar la credibilidad de la justicia en Morelos.

Desde hace meses, el tribunal ha sido rehén de una confrontación interna entre dos bloques de magistrados. Uno, aferrado al poder que ya ha ejercido; el otro, sediento de acceder al trono que representa la presidencia del Tribunal. Lo que debería ser un órgano colegiado guiado por la ley se ha vuelto una arena donde se pacta en lo oscuro, se cuentan lealtades como votos y se reparten favores disfrazados de jurisprudencia.

La presidencia, más que una responsabilidad institucional, se ha convertido en el botín. Una silla con capacidad de decisión sobre el presupuesto, el reparto de cargos, el ritmo de los juicios y el destino administrativo del Poder Judicial estatal. La tentación es poderosa. Como advirtió Nietzsche: “El que lucha con monstruos debe tener cuidado de no convertirse en uno de ellos. Y si miras largo tiempo dentro de un abismo, el abismo también mira dentro de ti”.

Uno de los grupos, encabezado por una magistrada, ha cerrado filas con alianzas construidas al calor de resoluciones convenientes. El otro, impulsado por una generación de políticos, intenta desmarcarse tardiamente del pasado pero no de sus prácticas: el cabildeo, la presión interna, la estrategia del desgaste. Ambos bandos se acusan mutuamente  pero el tribunal se paraliza. La justicia, mientras tanto, se aplaza.

El psicólogo David McClelland escribió que el deseo de poder puede tener tres formas: como dominio personal, como deseo de influencia social positiva, o como necesidad de control institucional. En Morelos, parece haberse desbordado hacia su vertiente más corrosiva: el poder por el poder mismo. Ese que se alimenta de la vanidad, que confunde autoridad con propiedad, que transforma el servicio público en un tablero de ajedrez.

Como en las tragedias griegas, la ambición ha terminado por devorar a los propios protagonistas. Los magistrados, que deberían ser el rostro de la templanza y el derecho, se exhiben como facciones. Se destruye así la autoridad simbólica que requiere todo órgano judicial: la confianza de la ciudadanía en que la justicia no se negocia, ni se reparte por cuotas.

El escritor israelí Amos Oz dijo alguna vez que “la diferencia entre un fanático y un ser humano comprometido es que el primero sólo puede ver un punto de vista, el suyo”. En esta pugna judicial, la convicción de tener la razón ha cerrado la posibilidad del diálogo. Se ha perdido la perspectiva institucional y se ha impuesto el espejo de los intereses personales.

Morelos no puede darse el lujo de tener un Poder Judicial secuestrado por su propia cúpula. La legitimidad de cualquier sistema de justicia depende no sólo de la ley que aplica, sino de la forma en que quienes la administran se comportan. Si el ejemplo viene de la cima, y en la cima hay caos, ¿qué mensaje se envía a los jueces de primera instancia, a los litigantes, a la sociedad?

Lo que está en juego en el Tribunal Superior de Justicia no es sólo una presidencia. Es la posibilidad de que el derecho siga teniendo un lugar limpio y digno en una entidad marcada ya por la violencia, la corrupción y la desconfianza.

Aquel viejo consejo de Lord Acton resuena con fuerza: “El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente.” En Morelos, algunos parecen haberlo olvidado. La pregunta es si todavía hay tiempo para que lo recuerden.

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