Más árboles, menos humanos
En México, la deforestación avanza con machete y soborno, disfrazada de desarrollo, de vivienda social, de megacarretera.
Política para Cigotos | Oswald Alonso. En un mundo donde los algoritmos predicen el clima mejor que los chamanes, México continúa talando árboles como si la respiración viniera por Wi-Fi o la pudiéramos comprar en línea. En el Día del árbol, parece que olvidamos una verdad tan antigua como la lluvia: los árboles no son ornamentos verdes, son órganos del planeta, pulmones terrestres, sabios silenciosos que nos dieron sombra antes de que supiéramos nombrarla.
“Plantar árboles es creer en el futuro”, escribió alguna vez el botánico polaco naturalizado mexicano Jerzy Rzedowski, cuya pasión por los bosques secos del país aún reverbera en los herbolarios y los mapas de biodiversidad. Para él, cada árbol era un códice viviente, una biblioteca de evolución y memoria vegetal que el hombre moderno, arrogante e impaciente, talaría por un estacionamiento, un centro comercial o tu casa inteligente.
Octavio Paz advirtió que vivimos una modernidad sin raíces. “El hombre ha dejado de estar en comunión con la tierra”, escribió, y si eso no es una profecía ecológica, que venga el Popocatépetl entero a contradecirme. En México, la deforestación avanza con machete y soborno, disfrazada de desarrollo, de vivienda social, de megacarretera. En Morelos, en Chiapas, en la sierra de Zongolica o en la selva maya, los árboles caen como soldados sin himno. Los bosques son saqueados no solo por la motosierra, sino por la indiferencia de quienes legislan desde oficinas donde el aire acondicionado suple al oxígeno real.
Un ejemplo de lo anterior: “La construcción del Tren Maya ha implicado la tala de más de 7 millones de árboles entre 2019 y 2023, reconoció el gobierno federal en respuesta a una solicitud de información”, publicó en su portal digital Animal Politico el 21 de marzo del año 2024.
En su célebre poema “Árbol adentro”, José Emilio Pacheco escribió: “Un árbol es el alma que resiste.”
Y eso son, almas verdes que resisten nuestra ceguera, guardianes que respiran por nosotros incluso cuando les damos la espalda. Pacheco vio en ellos el equilibrio que el hombre ha roto: no sólo oxígeno, sino poesía, compostura, vida digna.
La ciencia, por su parte, nos grita en papers y conferencias lo que los poetas ya intuían: los árboles mitigan el cambio climático, capturan CO₂, filtran el agua, dan alimento y refugio, incluso comunican entre sí por redes micorrízicas, como si compartieran una conciencia subterránea que nosotros, desconectados del suelo, somos incapaces de entender. La ecóloga Suzanne Simard lo demostró: los árboles se cuidan, se avisan, se nutren. ¿Nosotros?
En el futuro, advierte el informe del Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático (INECC), si no se frena la deforestación en México, regiones como la Cuenca del Valle de México, la Sierra Gorda o los Altos de Chiapas podrían volverse zonas de estrés hídrico crítico. El árbol, ese ser que transpira agua al cielo, será entonces más valioso que el oro. Pero para entonces quizá ya sea holograma en un museo.
Mientras tanto, en muchas de las ciudades mexicanas, el árbol es un estorbo visual, lo desaparecen para colocar publicidad comercial de tiendas departamentales o los derribamos porque sus hojas ensucian la calle o el patio de la casa. En el mejor de los casos se le poda como si fuera amenaza. Se le encierra en banquetas de concreto que asfixian su raíz. Se le acusa de levantar el pavimento, como si el pavimento no fuera la verdadera invasión. Nadie le pregunta a la jacaranda si está de acuerdo en florecer en marzo, pero todos quieren su foto y presumir con un reel en Instagram cuando lo hace.
No nos damos cuenta, pero sin árboles, México no tendría ni patria ni patria potestad sobre su propio clima. No habría sombra para los vendedores ambulantes, ni descanso para los jornaleros, ni hogar para los pájaros que aún cantan en los cerros de Tepoztlán, Tlayacapan, Tlanepantla, Huitzilac o Cuernavaca, y de las Áreas Naturales Protegidas del estado. Sin árboles, las y los poetas escribirían menos versos y más epitafios.
Tal vez, como sugirió el premio Nobel de literatura, Herman Hesse, “la eternidad comienza con un árbol.” Y tal vez, solo tal vez, si queremos seguir existiendo, tendremos que aprender a ver los árboles no como recursos, sino como relatos que respiran, como hermanos mayores que nos soñaron cuando aún no éramos humanos.




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