Noroña: De opositor radical a vocero del oficialismo
Su tránsito de opositor radical a vocero del oficialismo ilustra el extravío ético de ciertos sectores de la izquierda que, al llegar al poder, olvidaron la brújula que los guiaba.
Política para Cigotos | Oswald Alonso. Gerardo Fernández Noroña es un fenómeno político que habita el umbral entre la indignación eterna y la comodidad del poder. Su figura ha sido durante años símbolo de la resistencia verbal, del grito impetuoso en la tribuna, del diputado rebelde que alzaba la Constitución como escudo frente al autoritarismo, del hombre que no usaba corbata como gesto simbólico contra el sistema.
Y, sin embargo, hoy ocupa una curul en el Senado bajo el cobijo de la misma maquinaria que juró combatir. Lo que alguna vez fue irreverencia se ha transmutado en costumbre; lo que fue furia, en protocolo. Su tránsito de opositor radical a vocero del oficialismo ilustra el extravío ético de ciertos sectores de la izquierda que, al llegar al poder, olvidaron la brújula que los guiaba.
“¡Se los digo de frente: son unos traidores a la patria!”, gritó en 2013 contra el Pacto por México. Diez años después, Noroña se sienta junto a quienes entonces llamó traidores, defiende reformas centralistas y aplaude desde su escaño lo que antes llamaba “prácticas neoliberales recicladas”. Lo paradójico no es su presencia en el Senado, sino la manera en que justifica lo que antes condenaba. El mismo hombre que llamaba a no pactar con el PRI, hoy relativiza las alianzas con los viejos priistas que habitan la Cuarta Transformación. “No somos iguales”, repite con firmeza, aunque sus actos lo contradigan.
Sus frases más polémicas —“Los que se oponen a AMLO son unos miserables”, “yo no soy político, soy revolucionario”, “el INE debe ser destruido, no reformado”— revelan no una estrategia, sino una visceralidad incontenible que se disfraza de convicción. En sus discursos hay más emoción que razón, más desahogo que proyecto. Noroña no articula una visión de país; articula una rabia. Y esa rabia, útil en tiempos de exclusión, puede ser peligrosa cuando se transforma en dogma desde el poder.
Analizar su personalidad obliga a distinguir entre el personaje y la persona. Noroña actúa como si aún fuera marginal, aunque ya está en el centro. Su retórica de trinchera se vuelve incongruente cuando se pronuncia desde el púlpito de la mayoría. Esa tensión —ser poder y actuar como oposición— lo ha vuelto una figura contradictoria: inspira a quienes valoran la coherencia verbal, pero decepciona a quienes esperaban de él una consecuencia política. Su estilo confrontativo, a veces violento, es celebratorio entre sus seguidores, pero erosiona la deliberación democrática en los espacios institucionales.
¿Hace bien o mal? Depende desde qué prisma se le mire. Si se valora el estruendo más que la sustancia, Noroña es un virtuoso del espectáculo político. Si se exige congruencia entre palabra y acto, entonces su figura es un ejemplo de cómo el poder desfigura las ideas. Quizá lo trágico no sea su evolución, sino su negación de haber cambiado. Noroña sigue creyéndose disidente, aunque hoy es parte del coro.
Como escribió Octavio Paz: “La congruencia es una forma de la dignidad”. Noroña, en su afán por ser imprescindible, ha sacrificado parte de esa dignidad para mantenerse en la escena. Es el eco de un trueno que alguna vez anunció lluvia, pero que hoy sólo resuena en la cúpula del poder sin hacer llover sobre los de abajo.
Termino su periodo en la presidencia del Senado y su legado -si es que dejó- quedará en las memorias de la incongruencia, más viniendo de una izquierda que muchos admiraban. Lo último que nos dejo el senador fueron sus recientes declaraciones para justificar a su compañero Pedro Haces. Noroña justifico la gran fiesta que realizó Haces en un hotel de lujo para celebrar su cumpleaños. ““No voy a meterme a calificar o a descalificar, pero creo que lo que hagan con sus recursos es su responsabilidad. Eso no tiene nada que ver con las políticas de austeridad”,dijo.




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