Friday, January 2, 2026
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La advertencia filosófica del padre

También tiene que tener un poco del señor Increíble lavando los trastes, de Homero Simpson aprendiendo a pedir perdón y del papá de Mafalda que intenta entender por qué su hija quiere cambiar el mundo con crayones y rabia.

By Oswald Alonso Navarro , in Opinión , at 16 de junio de 2025 Etiquetas:

Política para Cigotos | Oswald Alonso. Yo no se mucho pero hubo un tiempo —no tan lejano como los cuentos lo quieren hacer parecer— en que los padres eran sombras musculosas, voces de trueno y cinturones colgando como advertencia filosófica. No hablaban de amor, pero “amaban” cuando te dejaban el pedazo más grande de carne o cuando no te pegaban tan duro. Hoy, ese padre sería cancelado por la terapia, la pedagogía sueca y hasta por su propio hijo que ya tiene canal de YouTube y 12 mil seguidores que lo apoyan.

Yo no se mucho pero los tiempos modernos, esos que nos hacen pedir comida por app y terapia por videollamada, exigen algo más que autoridad: demandan presencia real. No la de quien está sentado con cara de estatua viendo el noticiero, sino la del que se agacha, se ensucia y juega con plastilina con su hija mientras ella le explica por qué los dinosaurios deberían tener derechos.

No se mucho pero el nuevo padre es, o debería ser, una mezcla entre Atticus Finch de Matar a un ruiseñor, que enseñaba justicia con ternura, y el papá de La carretera de Cormac McCarthy, que caminaba por un mundo apocalíptico con tal de que su hijo no perdiera la luz en los ojos. Pero también tiene que tener un poco del señor Increíble lavando los trastes, de Homero Simpson aprendiendo a pedir perdón y del papá de Mafalda que intenta entender por qué su hija quiere cambiar el mundo con crayones y rabia.

Yo no se mucho pero los valores no se enseñan desde el púlpito del regaño, sino desde la humildad del error compartido. El padre de hoy debe saber llorar sin vergüenza y reírse sin necesidad de cerveza. Debe ser valiente para ir a la escuela con una cartulina rosa que dice “Mi papá es mi héroe porque lava los baños”.
Debe ser fuerte para decir: “No sé qué hacer contigo, hijo, pero aquí estoy”. Ya no se trata de ser el proveedor. Se trata de ser el refugio, el espejo, el cómplice. El hombre que enseña a fallar con elegancia y a levantarse con sentido del humor.

Decía el padre de El hijo del acordeonista, de Bernardo Atxaga:

“No hay nada más difícil que educar sin repetir los errores de los tuyos, pero tampoco hay nada más hermoso que intentarlo”.

Y en ese intento reside el nuevo mandato: no ser el padre perfecto, sino el que ama imperfectamente pero con constancia.

Yo no se mucho pero si usted es padre, moderno o no, olvídese del viejo libreto. Hoy, lo que los niños necesitan es un papá que abrace, que escuche, que llore en las funciones de primaria y que aprenda TikTok si es necesario, pero que nunca, nunca, deje de preguntar cada noche: ¿Cómo estuvo tu día?
Porque en esa frase se escribe, cada día, el verdadero legado.

Yo no se mucho pero quizá así debe ser.

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